22 de septiembre de 2010

La despedida

Ha pasado el tiempo. Las hojas de otoño han vuelto a caer y las fragantes magnolias han visto su esplendor una y otra vez. Los labios se han desgastado de tanto besar; los cabellos blancos se han vuelto de tanto andar.

Pero tú sigues ahí, con tu sonrisa cálida y limpia como la primera vez. Como si el tiempo y los diluvios no hubiesen mermado en ti.

Te veo y veo en tus ojos la paz que mi alma busca cuando está perdida. Como hoy, que de tanto andar por las calles polvorientas he perdido el rumbo y no encuentro a donde ir.

Pero todo lo encuentro en ti. Como el manantial que sacia mi sed de justicia y mi hambre de libertad. Tú mi eco, tú la voz. Tú que has llegado como las aguas cuando sube la marea. Marea que moja y después se va.

Besos que el viento se ha llevado hasta donde tu estás; palabras que la luna ha susurrado a tu oído, y que aunque pretendes no oír, sabes que es mi corazón quien te habla.

Mírame otra vez con esos ojos de mar, ojos que acarrean historias de puerto en puerto. Háblame de nuevo con esa voz de velero que va de prisa.

Déjame sentir que el mundo se detiene y que nada cambia. Y que aunque los inviernos nos cubran de escarcha, tu sonrisa siempre me llenará el alma.

Déjame atesorar este momento, porque ya no te tendré cuando te vayas.

6 de julio de 2010

Cuestión de honor

¿Qué se hace con lo que no se dice?
¿Qué se dice de lo que no se hace?
¿Qué se gana con lo que se pierde?
¿Qué se pierde con lo que se gana?
¿Qué se siente cuando uno calla?
¿Qué se calla cuando uno siente?
¿Qué se olvida cuando alguien se va?
¿Qué se va cuando a uno lo olvidan?

18 de diciembre de 2009

Disonancias

Las citas en su agenda empezaron a ser diferentes.

Sus encuentros con la estilista, con el masajista, el café con las amigas, empezaron a ser reemplazados poco a poco por eventos menos interesantes.

No hubo más fiestas en las que se echaba la casa por la ventana, ni más regalos costosos; su agenda se llenó de citas con un buen número de caballeros, la mayoría de ellos hombres estudiados, abogados, contadores, y hasta uno que otro jardinero.

Las paredes de su casa se olvidaron de su rastro; no hubo más fotografías ni pinturas que le recordaran a él.
Poco a poco se encargó de deshacerse de su olor, de sus zapatos en el suelo, del vacío que había dejado en su cama.

Habían sido tantos años de vidas compartidas, de platos rotos y ropa sucia. De domingos buenos y lunes malos. De navidades con los suegros y vacaciones en Las Bahamas.

Ella estaría bien, necesitaría tiempo para superarlo. Pero, ¿que sería de los niños? ¿Qué habría de decirles? La verdad, que papá ya no estaba. Que ahora ya estaba en un mejor lugar.

Lástima que aún seguía vivo.


30 de noviembre de 2009

Recuerdos

Con la nariz fría y a la tenue luz de una vela, en esa noche tan negra volví a abrir esa pequeña cajita. Ahí guardaba celosamente todas las cartas que alguna vez me enviaste; cerraba siempre el pequeño cofre con una llave que llevaba siempre al lado de mi corazón, un corazón que como ese cofre, había permanecido sellado.

Sus palabras eran tan dulces, me dije, mientras releía una y otra vez los hermosos versos que alguna vez escribiste para mí. 

Y debo admitir que esa noche, lo único cálido eran las tibias lágrimas que rodaban por mis mejillas. Sí, llore. Lloré y me abracé de la cajita de madera, y maldije al tiempo y te maldije.

Y me maldije a mi, por haber permitido que hoy fueses tan sólo un amargo recuerdo.

19 de octubre de 2009

Para que yo no te conozca tan pronto

Para que yo no te conozca tan pronto, juegas conmigo.
Me ciegas con tus repentinas risas para que no te vea tus lágrimas…
Conozco, conozco tu arte. ¡Nunca dices lo que quieres decir!

Por miedo a que yo no te tenga en lo que vales,
me evitas de mil modos. Te apartas de la multitud
para que yo no te confunda con ella… Conozco, conozco tu arte.
¡Nunca vas por donde quisieras ir!

Como puedes más que nadie sobre mí, te callas. Me dejas
mis regalos con descuido juguetón… Conozco, conozco tu arte.
¡Nunca aceptas lo que quisieras aceptar!

Rabindranath Tagore

18 de octubre de 2009

Extrañas coincidencias

Qué coincindencia volverte a encontrar en el mismo lugar después de tantos años.
El mismo lugar que yo te mostré por primera vez, y en donde juraste que me bajarías la luna.
Yo he pedido mi café de siempre, con bastante azúcar, por aquello de las amarguras de la vida.
Tu ya no bebes lo mismo; al parecer has refinado tus gustos.
Ahora vistes costosas ropas, y te haces acompañar de mujeres a tu altura.
Tal vez yo nunca lo estuve, pero, ¡vaya que te ha ido bien!
Y a pesar que los años han pasado por encima de ambos, esa pequeña cafetería es inmutable al tiempo.

Abres la puerta cortésmente para que la chica entre, y una vez adentro la sostienes por el brazo, como todo un caballero.
Me diriges un saludo frío, como si fuésemos dos extraños que jamás hubiesen compartido algo más que sueños.
Y tú, que siempre gozabas de sentarte frente a mí para mirarte en mis ojos mientras observabámos como se enfriaban nuestros cafés, vuelves a este mismo lugar, con ella...
No te sientas importante, sólo que no esperaba que después de tantos años recordaras que hoy has vuelto a sentarte en nuestra mesa.

27 de septiembre de 2009

Redundancias

A veces me pregunto de qué manera ves la vida. Qué sientes cuando el viento sopla despacio sobre tus cabellos despeinados, o cuando las miles de gotitas de lluvia fría se deslizan despacio sobre las líneas de tu cara.
También me pregunto si el olor de una cena caliente te recuerda a casa, o si el perfume de las flores te despierta los sentidos y te hace sentir la primavera en las manos.
No sé que sientes al ver el nítido azul del cielo, si es para ti tan azul y tan limpio como cuando se refleja en el mar.
Me intriga saber que piensas cuando te miras al espejo y te das cuenta que estás ahí, el mismo de siempre pero diferente de ayer.
Me pregunto a veces si sientes lo mismo cuando oyes tu canción preferida en la radio, y me pregunto también si te causa la misma alegría el ver caer la tarde.
Me pregunto muchas cosas, si a ti también te gusta reír a carcajadas.
Me pregunto si caminamos hacia el mismo destino, y me pregunto qué ruta llevas, pues me gustaría encontrarte en el camino y hacerte parte de mi diario caminar.
Me pregunto si piensas en lo que yo pienso cuando no estoy pensando en ti.

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