Con la nariz fría y a la tenue luz de una vela, en esa noche tan negra volví a abrir esa pequeña cajita. Ahí guardaba celosamente todas las cartas que alguna vez me enviaste; cerraba siempre el pequeño cofre con una llave que llevaba siempre al lado de mi corazón, un corazón que como ese cofre, había permanecido sellado.
Sus palabras eran tan dulces, me dije, mientras releía una y otra vez los hermosos versos que alguna vez escribiste para mí.
Y debo admitir que esa noche, lo único cálido eran las tibias lágrimas que rodaban por mis mejillas. Sí, llore. Lloré y me abracé de la cajita de madera, y maldije al tiempo y te maldije.
Y me maldije a mi, por haber permitido que hoy fueses tan sólo un amargo recuerdo.
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