Como poco días, el cuerpo me pesa como si trajera la vida cuestas, como si trajera los años arrastrando. Ya no tengo los años mozos; mi piel ha perdido su suavidad y mi cara poco a poco deja de ser la misma. Mi cabello ya no brilla como el ébano fresco del carpintero, y puedo ver mis ojos circundados por pequenas rayitas que no son otra cosa que odiosas patas de gallo, que siempre supe que algún día iban a llegar. Paso mi mano despacio por mi cara, y al tacto siento una sutil aspereza. Ya no tengo diecisiste años. Miro mis pechos, no los firmes compañeros que hubieron de haber sido objeto de tantas miradas y bajos deseos. ¿Mi vientre? parece mas bien una obra inacabada de un mal escultor, inmensa y reseca. Mis piernas ya no son el mejor sosten de mi cuerpo, han perdido la vitalidad y la fortaleza que tuvieron en otros tiempos.
Pienso en el desastre que es ahora mi cuerpo, la habitación de mi pobre alma... En los placeres que con el hube disfrutado, y las tantas alegrías que me dio...
Me miro una vez mas para después cerrar los ojos. En mi imaginación, nada de lo que veo existe. Me digo: esa no puedo ser yo.
Abro los ojos, frente a mí encuentro el espejo.
Veo otra vez a esa mujer que parece en realidad existir.
Después toco el espejo, y me doy cuenta que sólo es un pedazo de metal.
Me tranquiliza saber que lo que veo, eso, eso sólo es mi reflejo.