18 de diciembre de 2009

Disonancias

Las citas en su agenda empezaron a ser diferentes.

Sus encuentros con la estilista, con el masajista, el café con las amigas, empezaron a ser reemplazados poco a poco por eventos menos interesantes.

No hubo más fiestas en las que se echaba la casa por la ventana, ni más regalos costosos; su agenda se llenó de citas con un buen número de caballeros, la mayoría de ellos hombres estudiados, abogados, contadores, y hasta uno que otro jardinero.

Las paredes de su casa se olvidaron de su rastro; no hubo más fotografías ni pinturas que le recordaran a él.
Poco a poco se encargó de deshacerse de su olor, de sus zapatos en el suelo, del vacío que había dejado en su cama.

Habían sido tantos años de vidas compartidas, de platos rotos y ropa sucia. De domingos buenos y lunes malos. De navidades con los suegros y vacaciones en Las Bahamas.

Ella estaría bien, necesitaría tiempo para superarlo. Pero, ¿que sería de los niños? ¿Qué habría de decirles? La verdad, que papá ya no estaba. Que ahora ya estaba en un mejor lugar.

Lástima que aún seguía vivo.