Ha pasado el tiempo. Las hojas de otoño han vuelto a caer y las fragantes magnolias han visto su esplendor una y otra vez. Los labios se han desgastado de tanto besar; los cabellos blancos se han vuelto de tanto andar.
Pero tú sigues ahí, con tu sonrisa cálida y limpia como la primera vez. Como si el tiempo y los diluvios no hubiesen mermado en ti.
Te veo y veo en tus ojos la paz que mi alma busca cuando está perdida. Como hoy, que de tanto andar por las calles polvorientas he perdido el rumbo y no encuentro a donde ir.
Pero todo lo encuentro en ti. Como el manantial que sacia mi sed de justicia y mi hambre de libertad. Tú mi eco, tú la voz. Tú que has llegado como las aguas cuando sube la marea. Marea que moja y después se va.
Besos que el viento se ha llevado hasta donde tu estás; palabras que la luna ha susurrado a tu oído, y que aunque pretendes no oír, sabes que es mi corazón quien te habla.
Mírame otra vez con esos ojos de mar, ojos que acarrean historias de puerto en puerto. Háblame de nuevo con esa voz de velero que va de prisa.
Déjame sentir que el mundo se detiene y que nada cambia. Y que aunque los inviernos nos cubran de escarcha, tu sonrisa siempre me llenará el alma.
Déjame atesorar este momento, porque ya no te tendré cuando te vayas.