Qué coincindencia volverte a encontrar en el mismo lugar después de tantos años.
El mismo lugar que yo te mostré por primera vez, y en donde juraste que me bajarías la luna.
Yo he pedido mi café de siempre, con bastante azúcar, por aquello de las amarguras de la vida.
Tu ya no bebes lo mismo; al parecer has refinado tus gustos.
Ahora vistes costosas ropas, y te haces acompañar de mujeres a tu altura.
Tal vez yo nunca lo estuve, pero, ¡vaya que te ha ido bien!
Y a pesar que los años han pasado por encima de ambos, esa pequeña cafetería es inmutable al tiempo.
Abres la puerta cortésmente para que la chica entre, y una vez adentro la sostienes por el brazo, como todo un caballero.
Me diriges un saludo frío, como si fuésemos dos extraños que jamás hubiesen compartido algo más que sueños.
Y tú, que siempre gozabas de sentarte frente a mí para mirarte en mis ojos mientras observabámos como se enfriaban nuestros cafés, vuelves a este mismo lugar, con ella...
No te sientas importante, sólo que no esperaba que después de tantos años recordaras que hoy has vuelto a sentarte en nuestra mesa.
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