Y un día mi
musa volvió.
Cuando
pensé que ya nunca más podría volver a sacar de mi cabeza esa maraña de ideas
enredadas, a volcar mis sentimientos sobre el papel, ella volvió. Sabía que
volvería. Mi musa fiel siempre regresa.
Esta vez se
veía diferente. Delicada y violenta, triste y feliz; vestida de un pálido gris
de frío día de invierno y con sus cabellos más rojos que un desolado campo de
batalla.
Se dirigió
hacia mí con sus pies de seda, me llenó el oído de palabras dulces que los
adolescentes enamorados se dicen al partir. Me cubrió de besos tan suaves como
la lluvia, me amó con la fuerza de la primavera que apenas despierta. Pero en mi
ebrio sueño de amor, entre más la tocaba, más desaparecía. Lo único que conseguí
tocar fueron sus cabellos de fuego.
Y mis manos
ardieron. Mas fui feliz de poder tenerla una vez más, aunque sólo fuera en mis
sueños ebrios de amor.
Un día
volverá, y volverá para quedarse. Haré que me muestre las más profundas cicatrices de su alma, y
que me recite sus miedos al oído. Haré
que pinte el amanecer para mí y que cubra el cielo de estrellas al anochecer. Haré
que convierta las horas en eternidad.
Se ha ido,
pero me dejó el deseo de nunca volver a esconderme.
Ella
volverá. Y cuando vuelva, jamás la dejaré ir.
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